Mi Golpe

A esa hora ya estábamos rodeados por un regimiento. Decían que era el regimiento Buin. Eran jóvenes chilenos igual que nosotros. Venían armados y nos tenían acorralados. Allí estábamos, desarmados sin querer creer que todo lo que habíamos visualizado acababa de desaparecer para siempre. No iba a haber guerra civil sino una faena de carniceros.

Mi Golpe

Por Marcia J. Campos (2013)

El golpe de estado empezó mucho antes de ese día Dicen que empezó en el momento en que Salvador Allende fue declarado Presidente de Chile. Puede ser que haya empezado en los albores de la nación chilena cuando perdimos la noción de comunidad de origen y destino para reemplazarla por la dominación y el poder de los unos sobre los otros. El hecho es que el 11 de Septiembre de 1973, el día del golpe de estado, amaneció como todos esos días en que vivíamos al borde del abismo con la esperanza de salvar la vía chilena hacia el socialismo, eso que entonces se definía como la vía democrática, electoral y no violenta para llevar a cabo los cambios necesarios para traer justicia social a un pueblo dividido, históricamente, y en el centro de su alma.

Esa mañana de Septiembre salió al patio una muchacha, casi una niña. Era una mañana fresca y clara, de esas que preceden a la primavera en Santiago. Ese día precisamente, volvía mi madre a los Estados Unidos, donde residía. Había venido contra mis indicaciones a mi boda civil y debíamos llevarla de vuelta al aeropuerto. Mi madre, una bella mujer dueña de una gran fuerza interior contenida en un cuerpecito delgado y frágil, había vivido en carne propia en esos días, lo que mis cartas le habían advertido; los atentados en Santiago, las manifestaciones callejeras, la falta de transportación, la carencia de productos básicos pero sobretodo el temor de un golpe de estado que desembocara en una guerra civil. Todo eso hacía absurdo celebrar una boda en medio del caos social y político en que vivíamos, pero igual, mi madre quiso venir a la boda de una hija que se caso en jeans y con una camisa color amaranto. Esa muchacha era yo.

Mi esposo y yo habíamos dedicado ese día a ella. Su maleta estaba lista, repleta de libros del periodo y de discos con las canciones que fueron la banda sonora de nuestros días: Victor Jara, los Parra, Inti Illimani, Quilapayun… En retrospectiva, la casualidad del retorno de mi madre a Estados Unidos definió nuestro futuro. Mi joven marido daba clases en la Universidad Técnica del Estado y a esas horas normalmente debía estar en su centro de trabajo, quizás el no haber ido lo salvo de la prisión, la tortura, o la muerte que afecto a los que se encontraban allí Nunca sabremos. Yo estaba por ese tiempo dedicada de tiempo completo a mi vida política mientras trabajaba en mi tesis de grado.

La Escuela de Psicología de La Universidad de Chile, se ubicaba entonces en la Facultad de Filosofía y Educación, en el sitio del llamado Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Nuestra vida social y política había transcurrido en esas aulas y jardines. El amor había surgido en ese tiempo y en ese espacio. Como las plantas autóctonas, no estaba hecho para otro lugar ni para otros climas. El futuro, nuestro futuro, había sido concebido en el marco de la utopia, del sueno colectivo. Los planes, la vida misma, giraban en torno a la nueva sociedad en construcción, donde nos iríamos a vivir. Los jóvenes  de esos años no hablábamos de política sectorial, Hablábamos de un cambio de Estado. Recuerdo vívidamente en los muros del pedagógico la consigna mundial; “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Recuerdo también a Julius Fucik y su Reportaje al Pie de Patíbulo que alimento la imaginación de nuestra generación aceptando gustoso ser el ultimo en sacrificar la vida por un futuro en el cual el ya no viviría. La certeza del nuevo día que venia se lo llevaría feliz, a la tumba. Era un suicido altruista. Había que ser estoicos y fuertes como Pavel Korchagin de “Así se Templo el Acero”, nada mas ni nada menos.

MarciaEl hecho es que esta, que soy yo ahora, era entonces una muchacha de pelo largo que hoy podría ser mi hija, y estaba sentada en las gradas de la casita de Nuñoa recién casada. La puerta daba al jardín donde había sembrado hortalizas y colocado un espanta pájaros para proteger mi huerto, Los pájaros por supuesto, se hacían los desentendidos. Mi casa era el juguete donde jugaba a ser mujer. Allí estaba cuando sentí los aviones volar muy bajo. Ese ruido de aviones de guerra fue el prologo de lo que se nos venia encima. Me sobresalté. Entre y encendí la radio. Mi madre estaba despierta.  Oi que el golpe había empezado. Mi vida había cambiado para siempre. No mas que yo no lo sabia. Como iba a saberlo. Para todos los efectos prácticos, mi vida no era importante en esos momentos y no lo sería en los muchos años por venir. Serian otros los muertos, otras las víctimas a quien defender en comisiones de derechos humanos, ruedas de prensa, denuncias en actos públicos y viajes para educar al mundo sobre las atrocidades que ocurrían en el lugar donde había habido un sueno. Me olvidé de mi. En ese momento la luz entraba por la ventana de la casita y las voces que transmitían por la radio los eventos no daban todo por perdido. Seguían arengando al pueblo. Es decir, a nosotros.

El espíritu de lucha de la radio duro hasta que oímos al mismísimo  presidente Salvador Allende, en radio Magallanes. Su magnifico discurso, hoy un clásico de la historia mundial, nos descorazonaba en ese preciso momento.  Allende sabia mas que nosotros, seguro. Sabia cosas que nosotros no sabíamos. Hablaba de otros hombres para los cuales se abrirían “las grandes alamedas”. No para mi generación a la cual las grandes alamedas se le cerraban a piedra y lodo en ese momento. Sonaba a derrota, olía a testamento.

Desde la perspectiva de nuestra juventud, era ese el justo momento que habíamos anticipado para reagruparnos para combatir con todo el corazón y defender lo adquirido en las urnas. Si algo teníamos claro, era eso. Por eso fue que en vez de quedarnos en casa, dejamos a mi madre angustiada y sola para, según nosotros, ir a cumplir con nuestro deber. Recuerdo vagamente a mi madre en la puerta haciendo preguntas que yo no podía responder. Yo misma tenia que salir a buscar las repuestas. Nos fuimos caminando, casi corriendo, al famoso Pedagógico de la Chile. Allá ya se había reunido un buen grupo de estudiantes y de profesores. Estaban dos jóvenes parlamentarios de las Juventudes Comunistas: Orel Viciani y Alejandro Rojas: Improvisaban. No  tenían dirección. Estaban tan huérfanos como nosotros. Recuerdo que la preocupación de ellos era encontrar un automóvil para ir al local del partido a recoger instrucciones. Rota la legalidad, alguien propuso “tomar “cualquier automóvil en la calle y cumplir la urgente misión. Recuerdo también la respuesta. “No hay que ser extremistas, compañeros.” Aun en ese momento la legalidad, aunque no existiera, tenia prioridad. El compañero que tuvo tan audaz idea fue mi entonces joven marido, un muchacho fuerte y rubio al cual todos acababan por apodar el Vikingo sin que nadie se hubiera puesto de acuerdo. A esa hora ya estábamos rodeados por un regimiento. Decían que era el regimiento Buin. Eran jóvenes chilenos igual que nosotros, mas o menos de la misma edad, hijos del mismo terruño, quizás parientes en épocas lejanas. Venían armados y nos tenían  acorralados. Allí estábamos, desarmados sin querer creer que todo lo que habíamos  visualizado acababa de desaparecer para siempre. No iba a haber guerra civil sino una faena de carniceros.

El tiempo pasaba y el toque de queda había sido decretado. Los bandos de la Junta de Gobierno se sucedían. Decían que el Presidente, nuestro compañero Presidente,  había muerto, que el palacio de La Moneda estaba siendo bombardeado, que estaba envuelto en llamas. Logre saltar la barda trasera para ir al lugar donde según los dirigentes, estaban las respuestas a nuestras preguntas. Encontramos un auto, pero no encontramos las respuestas. Aun así, sentimos la obligación absurda, el deber casi fatal, de devolvernos y volver a saltar el muro para reingresar en la Facultad sitiada para comunicarles a los compañeros la ausencia de dirección. No sabíamos lo que hacíamos, asumíamos riesgos inútiles que pudieron costarnos la vida. Ya quedaban pocos. Los dirigentes se habían ido. La mayoría había huido por los múltiples vericuetos del campus de Macul. El día claro, se había vuelto nublado, frío, siniestro, bíblico. Todo estaba perdido. Encontramos a un compañero joven, no recuerdo su nombre, solo se que era de Valparaiso, y que no tenia a donde ir y por eso  lo llevamos con nosotros  en esa vulnerable comunión de los perseguidos que tan bien llegue a conocer. Esa noche sentimos gente correr por los techos de la casita de Nuñoa. Huían del mismo verdugo, Sentimos terror por ellos y por nosotros mismos. Me recuerdo a mi misma, crispada e insomne, recuerdo el dolor que no me dejaba mover el brazo derecho y mi cuello torcido. No podía ni siquiera llorar. Así pasaron muchas noches de miedo e incertidumbre seguidas por días donde vimos muertos en las calles, en el río Mapocho, sin atrevernos a preguntar, ni siquiera a volver la vista para no delatarnos. Mi madre volvió a Estados Unidos con sus maletas vacías. Hubo que auto censurar los libros, romper los discos y aun así, fue detenida en el aeropuerto por haber conservado Cien años de Soledad, donde se mencionaba  a un tal coronel Aureliano Buendia. Podía ser una pista. La interrogaron. Una mujer policía le hizo una revisión corporal. Mi madre aun no había leído el libro, no podía responder.  Quisieron saber quien se lo había regalado. Mi madre decidió guardar silencio, no quiso decir que fui yo. Podían ir a buscarme. En algún momento llego alguien que conocía el libro y la dejaron ir. A mi no me dejaron llegar al aeropuerto para despedirla. Se la llevaron en un bus en el cruce de un camino. El futuro se había esfumado y en su lugar había un hoyo negro que me perseguiría toda la vida.

Vendrían mas riesgos inútiles como el de ese día, antes salir al exilio. Llego  Mexico como una luz a mi vida, mi Jerusalem, mi lugar de salvación. Llegaron mis hijos, el cambio de profesión y el divorcio. Vinieron días nublados y días con sol,  días tristes y días felices; todos los días de mi vida. En algún lugar del universo deben estar también los otros días, los días perdidos, los que no pudieron ser. Quizás los llegue a ver en otra vida. En esta ya no están. Se fueron. Se perdieron en el infinito. ##

*Marcia J. Campos nació en Santiago de Chile y fue una activa participante en la Facultad de Psicología de la Universidad de Chile durante el movimiento estudiantil que apoyó al gobierno del Presidente Salvador Allende. Exiliada en México, Marcia participó en el movimiento de solidaridad internacional con las víctimas del régimen militar y se desempeño como Profesora Investigadora en el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México. Tiene una Maestría en Sociología de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) e hizo su doctorado en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Marcia fue co-productora del documental fílmico Viva Chile …M! Un Tributo a  la vida y obra de Fernando Alegría (California 2013).

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