¿Qué sexo desean las mujeres?

También el amor. 'Dibujo a domicilio'.

También el amor. ‘Dibujo a domicilio’.

¿Hasta cuándo vamos a disimular las mujeres que sí nos gusta desatar la pasión, que sí jugamos y que lo hacemos activamente desde el inicio de los tiempos? El sexo con extraños desataba una tormenta de sangre. Esto no encajaba nada bien con la suposición inicial de que la sexualidad femenina prospera con la conexión emocional. En lugar de eso, el erotismo parecía funcionar mejor con algo más crudo. Dicho esto, también es justo confesar que aunque nuestras vulvas laten con algo “crudo”, nos encanta enamorarnos y tener otras conexiones, porque no solo de sangre bullendo en los genitales está hecho el amor… ni el erotismo. Por:Anne Cé. El País. Enero 7, 2014.

¿Qué sexo desean las mujeres?

Me llama mucho la atención que aún hoy se siga hablando del deseo femenino como un tenue anhelo, algo pasivo, ligado fundamentalmente al sentimentalismo y siempre a la espera del fervor masculino para despertarse.

Sexo#3 ‘Dibujo a domicilio’

Hay hombres que todavía piensan que a seducir se aprende en un manual de técnicas exclusivamente masculinas, que ellos son los que tienen que conseguir activar una respuesta afirmativa de la renuente dama porque, al parecer, creen que las chicas no tienen ganas de sexo, salvo que los varones se lo trabajen mucho.

Y que ellos lo crean, vaya y pase, pero ¿hasta cuándo vamos a disimular las mujeres que sí nos gusta desatar la pasión, que sí jugamos y que lo hacemos activamente desde el inicio de los tiempos? ¿Quién puede sostener, a esta altura del mundo, que las mujeres somos naturalmente pasivas, que el instinto es de los otros? ¿Resulta creíble fingir que todos nuestros impulsos eróticos (y hablo de todas las veces en que nuestros genitales se irrigan en sangre encendida) son más elevados que los meramente testosterónicos?

Claro que habrá quien no se lo note, porque la represión cultural de siglos y siglos ha hecho su parte en nuestro desconocimiento de las sensaciones del propio cuerpo pero, ¿no es hora de empezar a reconocerlo y salir de la jaula familiar, social y cultural en la que permanecemos aunque nos abran la puerta?

Como dice Lars Von Trier en Nymphomaniac, las mujeres hemos logrado desembarazarnos de algunos mandatos (entre ellos, los religiosos) pero no del pecado, un concepto por el que seguimos autoimponiéndonos castigos desde la Edad Media, cuando éramos las brujas lujuriosas que lo contaminábamos todo o que dejábamos “lisos” a los hombres, despojados de sus genitales.

Es cierto, somos esquivas con los que no nos gustan. Y quizá nos hagamos las ‘difíciles’ en alguna otra oportunidad, porque nos han formado largamente para serlo. Por su parte, a los maridos les ha convenido pensar que la mujer es difícil de convencer (para qué crearse fantasmas si la promiscuidad ya se ha decretado como una característica puramente masculina, ¿no?)

Si las señoras no tienen necesidades que excedan el lecho matrimonial, la sociedad luce bastante menos caótica. Luce, porque las mujeres han aprendido a negar o maquillar sus ganas para sobrevivir (literalmente, si recordamos la caza de brujas de la Edad Media y, metafóricamente, si tenemos en cuenta el descrédito actual con que carga una chica a la que se acusa de ser ‘ligera de cascos’ o ‘casquivana’).

Y aquí entra en escena Lars Von Trier y su proclama contra la misoginia que ya lleva al menos tres películas: Antichristo, Melancholia (de la que hablamos aquí) y Nymphomaniac.

En Antichristo, la pareja en cuestión (Willen Dafoe y Charlotte Gainsbourg) pierde a su bebé en un accidente doméstico que ocurre mientras ellos se encuentran en plena sesión de sexo. En esa danza de rencores, reproches y flagelos que sobreviene a semejante tragedia, el psicólogo al que interpreta Dafoe le faltan herramientas para combatir los monstruos que hay en las tripas de ella: madre, amante y bruja milenaria, heredera de todos los maleficios de la historia de la persecución a las mujeres. De fondo, música de Haendel y un follaje infernal que podría haber pintado El Bosco para decorar el paisaje culpógeno.

Sexo#2 Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe en ‘Antichristo’ (2009) de Lars Von Trier.

A poco que indaguemos en nuestros sentires, las mujeres advertimos toda la verdad que hay en esto que cuenta el danés: la culpa femenina está fosilizada en nuestro ADN, asociada a nuestros impulsos eróticos, desde vaya a saber cuándo. Sin restar un ápice del valor artístico intrínseco que tiene su cine, Lars Von Trier está gritando alto y firme que ha llegado la hora de repensar el lugar de la mujer. Es inteligente y atrevido de su parte hacerlo como lo hace, de nuevo, en Nymphomaniac, escandalizando; alternando a Bach y a los heavies alemanes de Rammstein, atronadores en el callejón de las “viciosas”; contratando a actores porno para que hagan de dobles de cuerpo en las penetraciones…

En esta primera parte de Nymphomaniac (esperamos con ansias la segunda para finales de enero) ya nos advierte de lo que va la cosa: las mujeres nos culpabilizamos de todos los males propios y ajenos si usamos nuestro sexo en lugar de cubrirlo y retacearlo. Si lo ponemos al servicio del disfrute o de viriles empellones, ¿podemos llegar tan lejos como para condenarnos a dejar de amar y de sentir?

(Tráiler de ‘Nymphomaniac Volumen I’ de Lars Von Trier.)

Ojalá que lo de pedirle demasiado a la vida no sea un pasaje hacia algunas adicciones, hacia algunas locuritas, como la de Joe (interpretada de nuevo por Gainsbourg en esta película), que se autodiagnostica ninfomanía: “quizá la única diferencia entre la otra gente y yo es que yo le pido más a las puestas de sol”.

Ciertamente turbador, este loco inspirado cineasta de todos los demonios (del inconsciente colectivo). Un crítico dijo, contundente, que ese pulso artístico provocador es el único camino posible a la excelencia.

Pero volviendo al asunto de lo que de verdad quieren las mujeres, vale insistir en la recomendación del libro de Daniel Bergner, que da cuenta de las últimas revelaciones de la ciencia sobre el deseo sexual femenino y se pregunta: “¿sería posible pensar que el valor que se le da al recato femenino en todo el mundo no tiene tanto que ver con absolutos biológicos como con las culturas patriarcales y las suspicacias y el miedo que provoca en estas la sexualidad femenina?”

Entre las investigaciones científicas que cita el periodista de The New York Times Magazine, habla de una de laboratorio, a cargo de Meredith Chivers, sobre fantasías sexuales en hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, con el fin de medir y observar la coincidencia entre las respuestas conscientes y las contracciones vaginales e irrigación de los genitales de los participantes.

Uno de los datos que da que pensar es que las contestaciones de las mujeres a las que se les garantizó una estricta confidencialidad, y sobre todo las de aquellas que creían que estaban conectadas a un detector de mentiras, “eran casi idénticas a las de los hombres”. Algo similar ocurría cuando se les preguntaba cuántos compañeros sexuales habían tenido: “las mujeres que pensaban que estaban conectadas a un polígrafo no solo mencionaban a más compañeros que el resto de las participantes femeninas, sino que también, a diferencia de los varones, dieron números bastante más altos que los hombres”. El estudio arrojaba otro aspecto interesante: “las mujeres están menos conectadas o conocen peor las sensaciones de sus cuerpos que los hombres, y no solo eróticamente sino también en otros sentidos”.

Hay que dedicarle al libro de Bergner un par de tardes de buena lectura, porque todo lo que cuenta resulta muy interesante (empezando por las dificultades de los investigadores para conseguir fondos para asuntos considerados poco “serios” como la sexualidad). Pero, para terminar, voy a transcribir una de las conclusiones de otro trabajo, en este caso del Instituto Kinsey de la Universidad de Indiana: “…las mujeres mantenían que los extraños las excitaban menos que cualquier hombre conocido, y el pletismógrafo decía lo contrario (…) El sexo con extraños desataba una tormenta de sangre. Esto no encajaba nada bien con la suposición inicial de que la sexualidad femenina prospera con la conexión emocional (…) En lugar de eso, el erotismo parecía funcionar mejor con algo más crudo”.

Dicho esto, también es justo confesar que aunque nuestras vulvas laten con algo “crudo”, nos encanta enamorarnos y tener otras conexiones, porque no solo de sangre bullendo en los genitales está hecho el amor… ni el erotismo. ¡Salud!

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