Abuelo Aymara descubre hombres occidentales sorprendidos.

Anciano Aymara

Carmelo Flores es un abuelo Aymara de 123 años de edad que la agencia de noticias Prensa Asociada descubrió en una remota aldea de Bolivia. De inmediato, la noticia dio la vuelta al mundo. Agobiado por la característica circense con que los medios, especialmente los latinoamericanos, le dieron al asunto, de inmediato me pregunté como sonaría si revirtiéramos el asunto.

 Achachile Aymara descubre hombres occidentales sorprendidos

Por Fernando Andrés Torres. LatinOPen.-

 Yo soy Carmelo Flores. Soy Aymara. Vivo en uno de los cuatro rincones que los hombres de las cuevas, los Incas, llamaron Kollasuyo. Nosotros bajamos del Sol hace mas de cinco mil años occidentales. Soy el Tata de los Tatas y aun no entiendo lo que los K’aras llaman civilización.

 Hace algunas lunas atrás descubrí a dos sorprendidos hombres blancos que llegaron hasta mi pueblo sin aliento; mestizos diría yo, no tenían mas de treinta años y ya estaban pela’os, sin pelo pues – preguntando por mi edad. Dicen que me llamaron “analfabeto, que no habla español y no tiene dientes”. Cuando se fueron alguien me dijo que también me habían llamado “momia viviente”.

 No es primera vez que los K’aras llegan a estas tierras. Con un madero cruzado y sus largos cuchillos, ayer buscaban piedras y metales. Hoy sacan para sus museos. Después de Andagoya, Pizarro trató dos veces de adentrarse en esta tierra. A la tercera traicionó al Inca Atahualpa y lo mató así nomas. Después se robaron todo.

 A Pizarro sus propios lo llamaban hijo ilegítimo. Aquí en la puna ningún hijo de la pachamama es ilegítimo. Pizarro bramaba la hediondez de la pólvora y era también un analfabeto de su propia lengua que mató a uno de los suyos, el malogrado Almagro, y mas tarde fue asesinado por su propia sangre, su hijo.

 Estos hombres blancos se sorprendieron porque no sabía mi edad en el calendario occidental, de ellos. Nosotros medimos el tiempo a través de la Mama Luna y el Tata Sol y por las cosechas buenas y las cosechas malas. Estos hombres pálidos vestían colores grises, tristes, traían su propia agua en botella de plástico, la misma agüita que nos roban. Estaban macilentos y débiles porque la sangre que llevan no resiste la altura y seguro que les perturba el pensamiento.

 Dicen que soy sordo que no llevo bastón y que no llevo vidrios en los ojos. Dijeron que masco coca para el hambre. Pensaron que andaba hambriento. Pensaron que todos estábamos hambrientos. ¡K’arintaña! La coca es la medicina, la bondad del cuerpo y del alma. El Yatiri la usa para hablar con el Tata Inti y la Pachamama.

Estos hombres le pedirían permiso a un libro de “récord” para que el mundo occidental me apruebe, me clasifique. Que es el único libro en su mundo que puede decir la verdad. Pero la verdad no se habla con la prisa en la garganta. Estaban apurados porque no podían soportar los cerros y sus jefes los requerían. La prisa seguro que les perturba el pensamiento.

 A los pies del Illampu yo lo tengo todo. De aquí la luna se ve cerquita y alumbra en la noche lo que estos k’aras no pueden ver en sus grandes ayllus eléctricos. El sol le hace bien a las cosechas y los animales crecen a su debido tiempo. El agua de los nevados es suficiente. La quinoa, la papa, la carne de animalitos, los cereales de la tierra es suficiente para la dieta. Los viejos de acá vivimos mucho porque el aire no trae el carbón del occidente.

 Dicen también que el tiempo se ha detenido en Frasquia. Y yo estoy de acuerdo porque el tiempo de acá no es el tiempo occidental. Aquí todo marcha a su ritmo como tiene que ser. Pero sí, hay que decirlo, nos han hecho mucho daño. Partieron la tierra y le pusieron precio al arado y a todo. Trajeron lo que se llamó durante muchos años occidentales el feudo. Fue cuando se repartieron la tierra entre muy pocos señores a los cuales les trabajé por mucho tiempo.

 Ayer secuestraron a nuestros mejores hombres y mujeres para mostrarlos en el occidente junto a las piedras y los metales. Ahora yo descubro a estos señores que viene a capturar mi imagen y que se llevan lo que pueden y nada regresan. Igual que antes, parece que nada a cambiado. La fama seguro que les perturba el pensamiento.

 LatinOPen agradece al cuentista andino Osvaldo Torres por su colaboración en este artículo.

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