Descubrí que es más importante cantar con el alma que llegar a un DO de pecho.

Rafael Manriquez A pesar de lo difícil que es usar el lápiz en primera persona, el periodista chileno Ernesto Olivares nos entrega un revelador relato personal de su “amigo-hermano” Rafael Manriquez. Son dos capítulos de una serie de entrevistas-conversaciones y recuerdos que el periodista sostuvo con el Rafa durante el medio siglo de amistad que los unió. Es un relato íntimo, parte de una fotografía humana que nos revela al hombre que siempre se posicionó detrás de una guitarra, como aferrado al único instrumento que le permitía navegar con remos armónicos por el mar de las injusticias y las indiferencias. El Rafa fue el último periodista que entrevistó a Victor Jara y el primero, en los Estados Unidos, en dar a conocer de una manera consistente su obra. Hoy comenzamos a hacer lo mismo pero esta vez con la fecunda obra, con el legado del Rafa. Agradecemos a Ernesto Olivares por abrir su ventana y dejarnos otear, escudriñar los contornos de un auténtico creador, trabajador cultural y austero candidato a la inmortalidad. Fernando Andrés Torres. Editor, LatinOPen.

 El Canto del Rafa

Por Ernesto Olivares Perke. http://prensa-abierta.blogspot.com

Creemos que la muerte hace su egoísta cosecha sólo en los demás; que los nuestros son intocables e invencibles. Casi al filo de la medianoche, el miércoles 26 de junio, salimos de nuestro error. La parca se llevó a Rafael Manríquez Silva, cantautor, virtuoso de la guitarra, pero sobre todo amigo-hermano. Creíamos que el Rafa era inmortal; lo seguimos creyendo. La muerte, en su desgraciada incursión, no pudo cargar las posesiones del artista. Nos quedamos con su música, su poesía y su aporte en la lucha por conseguir una sociedad más justa. A esos tesoros nos aferramos para tenerlo siempre presente.

Nuestro primer contacto fue hace medio siglo, cuando entrábamos en la adolescencia. Llegó a mi liceo, en Valparaíso, en calidad de trasladado desde un establecimiento capitalino cuando el año escolar había comenzado hacía un par de meses. Creo que fue en 1964. Su padre, Don Manuel, había conseguido un gran contrato de instalaciones sanitarias en Viña del Mar y toda la familia debió trasladarse a la ciudad-jardín.

Lo vi entrar a la sala de clases tímido y retraído. El destino lo instaló en un pupitre vecino al mío y nos hicimos amigos. El profesor Jefe me pidió que lo pusiera al día con los apuntes y tareas. En otras palabras el “profe” me pidió que tomara la responsabilidad de guiarlo en el proceso de adaptación al programa de estudios y la “puesta al día”. No solamente me encargué de él. También lo hice con su hermana Elvira, a quien la familia llamaba “Yira”, con la que nos enamoramos y al cabo de algunos años de pololeo nos casamos, lo que me convirtió en el cuñado de Rafael. (Pero esa es otra historia)

Debo confesar que con el Rafa no tuve el mismo éxito que con su hermana. El iba a clases sólo por cumplir. Ya estaba “en otra”. Aunque respondía a las exigencias escolares, su ocupación mayor era interpretar el repertorio de Los Chalchaleros a dúo con su hermano mayor José Manuel –otro gran intéprete- y tutearse con bordonas y primas. El canto y la  guitarra eran sus mejores compañeras y, sin duda alguna, su prioridad.

Junto maduramos la adolescencia. Aparte del binomio con su hermano, integraba el grupo Los Machis en el cual las oficiaba de arreglador y armonizador de las voces. Recuerdo que el mencionado conjunto compitió en un certamen llevado a cabo en el Casino de Viña del Mar y resultó segundo. El primer lugar fue para el Quilapayún que recién emergía. Personalmente creo que el grupo del Rafa merecía el primer lugar, pero los de ponchos negros desarrollaron un fecundo marketing y llamaron la atención por su calidad y su puesta en escena.

El quehacer musical de Rafael Manríquez al era más bien intuitivo, visceral, pero honesto. Costaba que tomara un camino más académico y sistemático. Tuvo, eso sí, un maestro en la guitarra que le enseñó muchos secretos del instrumento que le acompañaría toda su vida. Ricardo Acevedo, ex integrante del conjunto “Fiesta Linda”, director de una Academia de Guitarra fue uno de sus mentores con las seis cuerdas.

Crecimos juntos jugando a la pelota, al pool, compartiendo fiestas en donde se cantaba, se conversaba y se comía. La generosidad de su familia era manifiesta. Las puertas de su hogar siempre estaban abiertas y sus padres, Marta y Manuel, eran hospitalarios anfitriones.

Entramos a la Universidad de Chile, en Valparaíso, (ahora se llama Universidad de Playa Ancha) a estudiar Periodismo. Uno de nuestros compañeros era el Payo Grondona y en las clases de inglés se alternaban los estudios de la lengua de Shakespeare con entretenidas cantatas.

Nos trasladamos en Segundo Año de la carrera a la Escuela de Periodismo del viejo Pedagógico, en Santiago, pero a mitad de año Rafael decidió tomar otro camino. Se puso a trabajar en la Contraloría General de la República. La rutina y las labores de oficina no eran su vocación y se retiró. Mientras, siguió su relación con la música, integró el conjunto Ñancahuazú con el que obtuvo el segundo lugar en el Festival de Viña con la canción “Cordillera Americana”, compuesta por Kiko Alvarez quien también formó parte del grupo para la competencia. Como solista ganó varios premios, entre ellos el de Mejor Intérprete en el Festival de la Guinda de Curicó en 1972.

Sin el ánimo de ser autoreferente debo informar que mis primeras armas periodísticas se desarrollaron en la revista-cancionero “El Musiquero”, de propiedad de mi primo Oscar Olivares. Luego del triunfo popular de Salvador Allende fui llamado a cumplir labores comunicacionales en una empresa del Ärea Social y debi renunciar al Periodismo de Espectáculos. Mi remplazante en la revista antes mencionada fue Rafael. Allí nuestro amigo tuvo la oportunidad de empaparse, de primera mano, de toda la corriente relacionada con la Nueva Canción Chilena. Como reportero conoció a Los Parra, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Alfredo Zitarrosa, Rolando Alarcón, Tito Fernández, Patricio Manns y a todos quienes formaron parte de ese inolvidable movimiento de la cultura popular.

Creo que en esos años comenzó a forjarse en propiedad, su posición política y su identificación con las causas e ideales populares. Creo que durante esos años no vislumbrábamos el entorno. Conversar con Víctor Jara, entrevistar a Silvio Rodríguez, a Patricio Manns o a Pablo Milanés, eran parte de la vida diaria, por decirlo de alguna manera. No le tomábamos el paso a los gigantes que nos rodeaban y del cual Rafael Manríquez iba a formar parte desde otras latitudes.

Sin embargo la noche cayó en Chile el 11 de septiembre de 1973 y la última entrevista a Víctor Jara, realizada por Rafael para “El Musiquero”, se quedó en los talleres de la Editorial Lord Cochrane. Ese número, que llevaba la portada de Jara, nunca vio la luz.

 Con la satisfacción de no haber transado jamás sus valores e ideales artísticos.

Estas líneas, escritas al influjo de la emoción por la pérdida irreparable, no constituyen una biografía. No pretenden acercarse en lo más mínimo a un retrato. Sólo contienen vivencias, sentimientos y recuerdos contados quizás en forma desordenada, con errores de fechas y de secuencias en la vida de mi amigo-hermano Rafael.

Hay hechos que marcan a fuego. Uno de ellos fue el prematuro fallecimiento de Alicia -la esposa del Rafa y madre de Marcia- cuando no llevaban mucho de casados. La tragedia lo golpeó fuerte y creo que el rictus de amargura que siempre llevó, no obstante su buen y festejado sentido del humor, fue su luto permanente, como probablemente también la razón de su incesante búsqueda del amor perdido.

Otro hecho que no sólo dejó una huella en Rafael, sino en miles de chilenos, fue el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Aparte de cortar con un proceso democrático que iba camino al Socialismo y dejar una huella sangrienta, truncó una prometedora carrera de baladista de nuestro amigo. A saber, el sello IRT (Industria de Radio y Televisión), había planificado un interesante trabajo y hasta le había encontrado un nombre –José Simón- que para los productores era más “comercial”. Entiendo, ya que la memoria falla, que hubo un par de discos 45 rpm grabados que no sé dónde podrían encontrarse.

Ya sus posibilidades de convertirse en un popular cantante habían quedado de manifiesto en un concurso de canto organizado por la vieja Radio Corporación, en uno de los últimos programas en vivo y con público de la radiotelefonía antes de que la irrumpiera la televisión. El ganador de ese certamen fue Pablo Rossetti, quien años más tarde integraría el popular dúo “Pachi y Pablo”.

El Rafa fue segundo y no me pregunten sobre el repertorio, aunque vagamente me parece que hubo un par de canciones popularizadas por el español Raphael.

Destacable es que en el show de dicho concurso radial actuaran, entre otros, Arturo Gatica y Arturo Millán, voces legendarias del cancionero popular y quienes no vacilaron en transmitir sus experiencias a los novatos concursantes.

Ya el Rafa estaba instalado en Santiago. Habían quedado atrás los trasnoches viñamarinos de canto y guitarreo con su hermano Manuel, con David León y Juan Olivares (integrantes del dúo León- Ríos), con Luis Zepeda, gran guitarrista de la Quinta Región, con los hermanos Apablaza –Rodrigo y Alonso- y con muchos otros personajes de la bohemia porteña y de la Ciudad-Jardín. En mi caso, privado de talento musical, era sólo testigo y participante pasivo en esas reuniones.

El golpe de Estado puso las cosas muy difíciles para la mayoría, pero al mismo tiempo comenzaría a forjar en Rafael su evolución filosófica y su acercamiento a las causas populares.

Su trabajo como redactor de la revista “El Musiquero” lo había acercado a los grandes creadores e intérpretes de la llamada Nueva Canción Chilena.

Su viaje a Ecuador y posteriormente a Estados Unidos nos alejó geográficamente. Antes de regresar a Chile tras mi primera incursión en este país (1988) lo visité en East Bay y le prometí que si regresaba, sería a esta zona, en donde se respiraba un aire más puro y libertario que en Los Angeles, en donde había residido.

Volví el 2002 y junto a su entonces pareja, Paz, me acogieron en su casa.

Encontré a mi amigo consolidado artísticamente y al cabo de los años lo pude confirmar. La madurez absoluta se había manifestado. “Descubrí que es más importante cantar con el alma que llegar a un Do de pecho”, me dijo. Lo encontré como parte importante en el centro cultural latino “La Peña”.

Lo encontré orgulloso de haber participado en el grupo “Raíz”; lleno de nuevas y bellas canciones; con un virtuosismo mayor en la guitarra; con su música para poemas de la Mistral y Neruda; con sus cantos para los niños y su intento de romper límites con su “Mi sol de ayer”; con su extraordinario dúo con Ingrid Rubis en el cual alcanzó uno de sus mejores rendimientos interpretativos; con su orgullo de ser padre de Marcia y Manuel; con la chochería propia de ser abuelo de cuatro nietos; con su amor inconmensurable por Tupac y por, supuesto, con la satisfacción de no haber transado jamás sus valores e ideales artísticos. ###

One comment

  1. Carlos Barón Parra · · Reply

    Muy bonitos e interesantes recuerdos de mi gran amigo y colaborador, Rafael Manríquez. Creo que es importante mencionar que Rafa fué director musical de varios proyectos teatrales que organicé, entre ellos el montaje, en dos oportunidades (1977 y 1989) de “Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta” (con Teatro Latino de San Francisco) y con “Poeta Pan”, (con Rainbow Theatre/Teatro Arco Iris, de la San Francisco State University), con la cuál viajamos a Chile en dos oportunidades, con más de 20 personas. Con mi humor a veces “camote” lo había bautizado como “Gargant’e Lata”, recordando uno de los personajes que se encuentran en la tira cómica “Condorito.” Sin embargo, Rafael no era un garganta de lata: tenía una voz privilegiada y era un maestro en la guitarra y en composición. Por el 2009, tuve el enorme placer de hacer una gira con eel, solo el y yo, haciendo algo que llamamos “Cantos y Cuentos”, que nos llevó a Buenos Aires y a Chile. Fué una maravilla esa experiencia, donde tuve el privilegio de pasear con Rafa por Buenos Aires, por varias calles bonaerenses y darme cuenta que mi amigo Rafael Manríquez sabía más tangos que cualquier argentino. A veces, caminando, entrábamos por una calle y él veía el nombre y se ponía a cantar el tango que correspondía a esa calle. Una enciclopedia del canto popular en general, no solo de lo que denominamos Nueva Canción. Se le echa mucho de menos. Mucho.

    PanPan”20072007,2002unproproproducción de

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